reflexion verguenza

 

En este camino de observar estoy des-cubriendo la vergüenza que existe en mi receptor (cuerpo).

No felicito un cumpleaños por vergüenza.

No saludo por vergüenza.

No llamo por vergüenza.

Y en este observar la vida me acaba de regalar un instante para ver más. He llegado al despacho y en el patio podía ver desde el ventanal a un joven realizando tareas de jardinería. He sentido respeto y una sonrisa se ha dibujado en mi cara. He sentido ganas de abrir la ventana y de manera alegre saludarle con un “buenos días”! No lo he hecho! He empezado a caminar por el despacho mientras observaba al joven que había en el patio. Él, constante, realizaba atento el trabajo. Me he escuchado mis pensamientos. He conversado conmigo y he recordado que en el despacho hay galletas. He pensado “¿qué tal si le ofrezco una?!” Me he acercado a la ventana con la galleta y justo el joven estaba más lejos. Nuevamente la vergüenza hacía acto de presencia y no he abierto la ventana. He continuado pendiente por si se acercaba. Cuando ha sido así de nuevo he ido a por la galleta y cuando he vuelto a la ventana el joven había desaparecido.

 

Todo esto podría quedar aquí, y yo esta vez elijo ver(me), conocer(me) a través de esta vergüenza. Abrir el punto ciego.

 

La vergüenza oculta algo que ya quiere ser visto, quiere dejar de ser inconsciente.

No saludo, no felicito, no abro la ventana y digo un “buenos días” sonriente y con energía por mi juicio! La vergüenza oculta el juicio, el mío propio. Para ser exactos, el de mi mente, Y.O. soy más que esa mente a la que le doy en ese instante toda la veracidad y poder.

Si hubiese juzgado mi vergüenza no habría podido descubrir el regalo dispuesto y preparado para des-cubrir.

Lo único que juzga y por lo tanto crea la vergüenza es la mente. Cuando lo valido, lo creo (crear). Una vez creada la vergüenza nos etiquetamos como “vergonzosos”, cuando sólo era un juicio, un juicio que detrás puede llevar una falta de seguridad, un miedo, una exigencia, una necesidad de pertenencia a un clan, una falta de amor hacia uno mismo.

 

 

Y todo por no saludar, por no felicitar, por no decir buenos días…

El perdón sincero se da cuando eres capaz de ver la lógica que estaba funcionando.

Ahora puedo perdonarme por lo que etiqueté como “vergüenza”.

 

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Cecília Ruiz

14/08/2018

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