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De despedidas nadie quiere hablar y todos vivimos.

 

Las únicas despedidas que celebramos son aquellas que elegimos, llegando a sentir como una ofensa el hecho de celebrar o brindar por las impuestas. Por esas que sin ser planificadas, organizadas, deseadas, controladas, queridas o esperadas, suceden y pasan como un tren de alta velocidad; tirándote por inercia hacia atrás y haciéndote perder incluso el equilibrio. Dejándote despeinad@, sintiendo el temblor en tu cuerpo una vez el tren se aleja.

 

Sí, viste al tren pasar de cerca, te removió, y pasó de largo, con lo cual sigues viv@, y quizá si eres consciente, con la oportunidad de decir adiós a ese tren de alta velocidad que se va.

 

De pequeños nos enseñaron a decir adiós, aunque no a despedirnos. Igual que nos enseñaron a besar (dar un beso) sin sentirlo, sin quererlo, sin desearlo.

 

Hoy hablo de lo que “nadie” quiere, hoy sabiendo que “nadie” sólo soy yo.

 

Hablo de la despedida y de lo que he aprendido de ella. De la toma de consciencia que llama a la puerta con cada despedida. Con el renacer que florece al aprender a decir adiós.

 

Nos enseñaron a decir adiós con la mano, moviéndola hacia los lados, o bien doblando los dedos y “cerrando” la mano, pero faltó el enseñar, el aprender a decir adiós con el corazón.

 

Decir adiós con el corazón es tener la fuerza para volver a aquel instante, a aquel lugar, a aquella persona, a aquella situación, a aquel tren… y sentir la gratitud, el agradecimiento brotando del corazón.

 

Es saber, ser consciente, de que tú no eres aquello.

 

Decir adiós con el corazón es agradecer y comprender la función de aquello que ahora despides.

 

Decir adiós con el corazón es no querer retener aquello que se marcha, pues sabes que su función, su aprendizaje, está cumplido y toca seguir tu marcha, toca seguir tu evolución.

 

Decir adiós con el corazón es saber que en el camino hay lugar para todo y todos y no tener la necesidad de transitar senderos que ya recorrí.

 

Decir adiós con el corazón es desearte lo mejor pese a que los caminos tomen direcciones distintas.

 

Decir adiós con el corazón es saber que toca aprender a caminar de nuevo, esta vez sin tu muleta, se fue, se la llevó aquel tren.

 

Decir adiós con el corazón es agradecerme aprender de nuevo a caminar y perdonarme si caigo, si siento culpa, si siento miedo, si no sé.

 

Decir adiós con el corazón es renacer con cada despedida.

 

Decir adiós con el corazón es dejar marchar pese a saber que el futuro es incierto, que la duda aparece, que algo va a cambiar; y a pesar de ello agradecer y seguir caminando.

Decir adiós con el corazón es saber, sentir, comprender, que si se ha ido es que algo “mejor” está por venir.

 

Decir adiós con el corazón es haber aprendido que si duele es porque no es del ser.

 

Lo que es del SER no duele.

 

Cecília Ruiz*

03/04/2018

 

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