pantalones cesped

 

 

Estrenando pantalones

 

Llegaba la Navidad y Óscar llevaba dándole vueltas desde hacía varias semanas, a la idea de dar un giro a su vida, de tomar decisiones, de volver a sentir ilusiones. Su último giro fue inesperado, no deseado y desde hacía un tiempo vivía dejándose llevar por la corriente.

Óscar, que hacía un tiempo se había separado, había descubierto algo. Su sensación de dejarse llevar, de no decidir por y para complacer era algo que no sólo le había acompañado los últimos meses; descubrió que era su identidad desde hacía años. Algo que le había acompañado durante su matrimonio. Su objetivo se había centrado en complacer y esforzarse para que su pareja fuese feliz.

Para ello, Óscar atendía todas las peticiones de su mujer, reprimía sus ilusiones o proyectos si a ella no le satisfacían y realizaba y llevaba a cabo los sueños, proyectos e ilusiones de su pareja aun sin ser de su agrado. En su relación no existía el conflicto, del cual Óscar huía, complaciendo todos los deseos de su compañera y reprimiendo, paralizando, sus proyectos. Óscar no tenía sueños, no tenía ilusiones, no tenía proyectos propios. Sus proyectos, sueños e ilusiones eran que su mujer fuese feliz. Ese había sido su compromiso y ese era su sueño.

Cada vez que Óscar asentía o se reprimía sin concederse la oportunidad de escucharse, preguntarse o respetarse, para complacer a su mujer, era como si él estuviera deshaciéndose de unos pantalones.

Óscar era una persona coqueta y tenía un gran armario donde guardaba sus numerosos pantalones. Cada día por la mañana, abría su armario y podía elegir cuál de ellos ponerse, aunque muchos ya no volvían a esperar su turno en el armario. Óscar los estaba regalando; sin ser consciente de ello, sin la intención consciente de desear hacerlo. Cada vez que complacía, aceptaba aun sin estar de acuerdo, sin escucharse, Óscar estaba deshaciéndose de unos pantalones.

Un día al llegar a casa su mujer lo estaba esperando para hablar con él. A partir de ese momento la relación acabó, la mujer de Óscar le comunicó su voluntad de acabar con la relación.

Óscar al día siguiente se dirigió a su armario para hacer la maleta, se marchaba de casa por decisión de su mujer. Oscar no tenía pantalones, no quedaban en su armario. Su tristeza era tal, que no llegó a verlo. No vio que no quedaban pantalones. Hizo su maleta con la ropa que encontró y se marchó.

Óscar empezó entonces a vivir sintiendo frío, aunque sin ser consciente. Sólo se sentía vacío, se miraba al espejo y no se reconocía. Seguía sin ver que iba sin pantalones.

La familia y amigos de Óscar, se unieron para estar a su lado, y eran numerosas las ocasiones donde organizaban encuentros, salidas e incluso viajes para estar unos días fuera. Nada daba resultado, Óscar no deseaba ir, seguía sin reconocerse, sintiéndose vacío. Aun así, seguía sin ver que iba sin pantalones; y su familia y amigos, en su afán de arroparle, tampoco habían llegado a ver su falta de pantalones.

Un día Óscar, después de unos meses, y de renunciar a numerosas propuestas de familia y amigos, tumbado en su cama se confesó algo. Quería dar algún paso, avanzar, incluso desligarse un poco del arrope de su familia; sentía que el interés y preocupación de los suyos era para él demasiado y no le hacía estar cómodo; pero había algo que le frenaba, que le hacía sentir culpable. Seguía sintiendo frío.

Óscar en el silencio y vacío de su habitación, perdido, desorientado y sintiendo la angustia en él, empezó a llorar, se sentó en su cama, dobló sus piernas, tocando sus rodillas en el pecho y con sus brazos las rodeó. Fue una lágrima la que al recorrer su mejilla, fue a caer en su rodilla izquierda, Óscar, al notar la lágrima en su rodilla apartó su mejilla de la rodilla y depositó toda su atención en ella. La lágrima recorrió su pierna hasta llegar al empeine de su pie y acabar desapareciendo entre sus dedos. El llanto se acrecentó y Óscar se abrazó fuerte las piernas con sus brazos mientras dejaba descansar su mejilla encima de sus rodillas. Las lágrimas empezaron a caer de sus rodillas hacia sus pies, como si de finas gotas de lluvia se trataran.

Pasaron unos minutos y Óscar pudo sentir en sus piernas, como sus lágrimas las recorrían y estaban en contacto con la piel. Una fuerza repentina levantó a Óscar de la cama y se miró en el espejo que había en la habitación. ¡Óscar vio sus piernas desnudas! ¡Nada las tapaba! Delante del espejo se sentó y volvió a doblar sus rodillas hacia el pecho y se abrazó, ¡Podía sentir calor! ¡Podía darse calor!

Óscar se levantó de un salto y abrió su armario, quería arropar sus piernas, pero allí no había ni un pantalón que le tapara, que le resguardara del frío. Ahora sólo podía arroparse él, abrazarse él. Entre la incerteza, el miedo y la ilusión Óscar se volvió a sentar, esta vez con las puertas de su armario abiertas y con el espejo justo delante. Podía ver su armario y podía verse reflejado en el espejo. Observaba sus piernas, las abrazaba y en ese momento tuvo claro su Regalo de Navidad.

Llamó a su amigo Antonio, le pidió unos pantalones prestados. Nuevamente se miró al espejo y decidido salió de casa en dirección a la mercería, allí compró hilos, agujas, botones, cremalleras y algunos tejidos que escogió después de tocarlos. Óscar estaba dispuesto a darle vida a los pantalones que estaba soñando. Él sería quien crease sus nuevos pantalones. Los pantalones que iban a llenar su armario, los que le iban a vestir y a acompañar. Pasó las Navidades cosiendo sus nuevos pantalones.

 

¡Óscar vistió la noche del 31 de diciembre al 1 de enero, sus nuevos pantalones!

 

 

Cecília Ruiz

04/01/2016

www.ceciliaruizcoach.com

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