castillo naipes

¿Te ha pasado alguna vez que estás tú con tu problema, con tu tristeza, con tu rabia, con tu mundo desmoronado por algún castillo de naipes que acaba de caer, y parece el resto del mundo y sabe lo que te conviene?, ¿Sabe mejor que tú lo que tienes qué hacer?

Qué “genial” sensación se le queda a uno en el cuerpo cuando tú, que estás recogiendo tus cartas del que era tu castillito de naipes, no hacen más que recordarte que el castillo era demasiado frágil, que las cartas no podían aguantar el peso. Que habías soñado sin poner los pies en el suelo, que las cartas que escogiste no eran las adecuadas… Y tú, que te miras los naipes caídos, los que antes formaban un castillo, y ya nos sabes ni si los quieres, si los odias, si te han ayudado, si fue tu peor elección colocarlos e incluso cogerles cariño…

Y por si eso no fuera suficiente, aparece un nuevo personaje en escena y te dice aquello de “ya te lo dije!” Qué “agradable” emoción cuando uno llega a creerse que los demás saben más que uno mismo sobre su propia vida.

Aquí quería llegar yo, de nuevo a las “CREENCIAS”!

¿Te has preguntado alguna vez el número de creencias que puedes llegar a “creer”?

Has llegado a creer que el castillo (creencia) era real, que era tu fortaleza, que allí dentro podías sentir la seguridad y como en el cuento de “los 3 cerditos”, nada ni nadie podía destruir lo que con tanto amor y cariño habías construido. Habías creído…

Viene el lobo y con un soplo, tira abajo todo el sueño, la ilusión, la seguridad… Los cimientos se caen. En el cuento hay otro hermano, él los acoge, les da su cariño y ofrece lo que tiene. En la versión que a mí me explicaron, no los retiene en la puerta antes de entrar ni les “castiga” con sus juicios, opiniones, comentarios, creencias, …

Quizá nos creímos cerditos en un cuento, aunque ya sabes tú que la realidad supera a la ficción (o es esto una creencia mía!?)

Me pregunto por la “necesidad” que, en algún o algunos momentos de nuestra vida llegamos a tener de opinar, de alzar la voz, de que se nos escuche, de que nuestra voz quede por encima del resto. Y siguiendo con las preguntas, me pregunto “¿¡Para qué hacemos eso?!”

¿Para qué opinamos, alzamos la voz, aconsejamos?, ¿Qué es lo que nos lleva a hacerlo? Nuestra opinión, nuestro consejo, se basa en nuestra propia experiencia, en nuestras opiniones o creencias, que por supuesto no tienen por qué ser las mismas que las de otra persona. ¿Entonces, qué nos lleva a querer dar una respuesta, la respuesta?

Cuando opinamos, aconsejamos, ¿Existe la posibilidad de estar queriendo tapar de manera inconsciente nuestras inseguridades?

Si tengo opinión, si aconsejo, entonces es que tengo respuestas, y si tengo respuestas a preguntas que alguien se hace, es que sé más que ese otro. Si sé más que ese otro, soy superior a él, entonces ya no soy “inferior”.

Es curioso la facilidad de tenemos arreglando la vida de los demás y “ahogarnos” en nuestros “problemas”. Parece que resulta más fácil ver desde la barrera. Si eso es así, ¿a qué esperamos para poder ver desde la barrera nuestros propios “problemas”?

¿O es que quizá, opinando sobre algo que no es mío dejo de ver mis sombras, mis naipes caídos?

¿Qué pasaría en el mundo si a partir de mañana hacemos como el cerdito y dejamos entrar en nuestra casa a aquel que su castillo de naipes ha caído, sin opinar, sin enjuiciar, sin retenerlo en la puerta para mostrarle que nuestro castillo (todavía) sigue en pie?, ¿Qué pasaría si dejo de ver al otro como “enemigo” para construir desde la suma?

¿Qué pasaría si dejo de creer que el castillo (creencias) me protege?

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